Ya viene el invierno y para los friolentos -como yo- quiero compartirles algunas ideas interesantes para mantener el calor y el confort tanto en nuestra persona, como en nuestro hogar y hasta para nuestras mascotas.
Cortinas gruesas: El vidrio de nuestras amplias ventanas es maravilloso en primavera, verano e inclusive el otoño. Pero, en invierno, se convierte en un excelente conductor que se lleva el calor del interior de nuestros hogares al cierzo de afuera. Una buena idea es proteger las ventanas y para esto hay varios métodos, que abarcan desde el cartón y el plástico, hasta las ventanas dobles. En México, esto último es todavía escaso y costoso; pero una opción intermedia, funcional y estética, es tener cortinas gruesas a la mano, instalarlas a finales de octubre y retirarlas en marzo.
El twist: instalen una cortina en las puertas, también, para detener los chiflones de aire. Se acordarán de mi!
Tapetes: ¿Hay que pasar muchas horas en el escritorio? Una buena opción para no congelarse los pies durante el largo rato es emplear un tapete. O algo con lo que podamos aislar nuestros pies del frío del suelo. El tapete puede ser de estambre, fibras, plástico o inclusive, cartón. El de la imagen está hecho de borlas y me pareció lindo.
Aislamiento extra: Una idea singular que vi en el internet es forrar la puerta de corchos para incrementar su grosor y con ello, contribuir a formar un colchón que amortigua el frío del exterior. Y sirve que le da un uso a toooodos esos corchos acumulados durante las fiestas de todo el año.
Velas: Sí. Las velas no son solamente elementos decorativos. Tener velas encendidas en casa nos proporcionará, además de un ambiente muy acogedor -y romático, si tal entra en los planes-, calor extra.
Atención: Por ningún motivo las descuiden mientras están encendidas.
Las mascotas: Por supuesto que también les da frío. Mi primera recomendación es que se les deje estar en el interior de la casa. Ya sé que esto crea polémica; si de plano "por ningún motivo" dejarán entrar al perro, mínimo preparen para él un espacio más protegido y acogedor debajo de un techo, cerca de la pared, donde no haya corrientes de aire. También pueden forrar la casita con plástico de burbujas -como el que se emplea en empaques- y colocar cobijas en el interior de la misma. Pero como dije al inicio, mejor no se hagan, y déjenlos entrar.
La choya: No estamos muy acostumbrados a usar gorro, pero...¿se han puesto a pensar cuan irrigada está nuestra cabeza? ¿Cuan vasta la superficie por la cual nuestro calor corporal puede radiar hacia el cierzo? Ponganse un gorro, por favor. Hay de muchos tipos, modelos y colores. Así que, a verse guapos y a estar calientitos.
Fuentes de las fotografías (en el orden en que aparecen):
https://estudioarquivolta.wordpress.com/2016/01/11/10-ideas-para-decorar-la-casa-en-invierno/
http://comohacerpara.com/hacer-una-alfombra-con-bolas-de-fieltro_6394h.html
http://italiandish.squarespace.com/imported-20090913150324/2011/12/16/homemade-winter-candle.html
http://el-surtidor.blogspot.mx/2014/12/consejo-de-como-aislar-las-ventanas-del.html
Beatriz es "la vieja enrebozada". Y escribe las aventuras y ocurrencias de su faceta de ama de casa (y otras).
sábado, 5 de noviembre de 2016
sábado, 29 de octubre de 2016
Desayuno otoñal.
Ya está aquí el otoño...y hay que disfrutarlo con los sabores de la temporada.
Manos a la obra:
Hot cakes de avena: Muelan en la licuadora media taza de hojuelas de avena a que se vuelvan polvito. Añádanselas a una taza de harina para hotcakes, junto con un poco más de media taza de leche, un huevo y un trozo de mantequilla ya derretido. Engrasen la sartén con mantequilla y preparen los hot cakes delgaditos. Acuérdense que el tip es voltearlos cuando la superficie está llena de burbujas.
Sírvanlos con una porción de queso ricotta, una manzana troceada en rebanadas muy finas, y una cucharada de mermelada de jengibre y manzana. Acuérdense que la receta está aquí.
El twist: Metan el queso ricotta en una duya para obtener un hermoso rizo y siéntanse profesionales de la cocina al llevar a la mesa un platillo de desayuno rico, balanceado y bien presentado. Un vaso de delicioso jugo de naranja recién exprimido, y una taza de aromático café recién hecho -o su infusión o té favoritos- completarán este placer mañanero. Provecho!
viernes, 23 de septiembre de 2016
La biblioteca del Jardín Botánico de Missouri.
Hoy he visitado la sección de incunables de la Biblioteca “Peter H. Raven”, del Jardín Botánico de Missouri. Es una hermosa salita de exhibición que más bien parece un pequeño museo, con vitrinas, atriles y placas que describen lo que uno ve. Mi guía me explica que los textos de esa sección son todos “pre-Linneanos”. Eso hace que el Systema Naturae, obra toral de la historia natural, escrita por Linneo, sea el texto más reciente. Aquí atesoran un ejemplar de la primera edición.
Systema Naturae de Linneo, en su edición original, es un libelo de pocas hojas de extensión, no más grueso que una revista. Es de gran formato -mide tal vez unos 30 centímetros de ancho por 45 o 50 de alto, y la razón del tamaño es que, de esa manera, con el volumen abierto, es posible apreciar las clasificaciones completas, tal como fueron propuestas por el autor, y con los respectivos listados de organismos pertenecientes a cada una. Esto es conveniente para cerebros como el mío, que tiene que ayudarse de mapas visuales y herramientas de ese tipo. La clasificación que diseñó el Príncipe de los Botánicos inicia con las rocas y los minerales, para después pasar a los seres vivientes. El número de estambres en la flor separa a los grandes grupos de plantas. Con los animales, el Segundo Adán se guio por otro tipo de criterios y el resultado es que los vertebrados no están agrupados tal como se conciben actualmente, sino que los mamíferos están separados de reptiles y de aves. En todo caso, esta obra, aún con esos detalles, es el cimiento de las grandes disciplinas de la biología, piedra toral de la taxonomía, y me conmueve profundamente estar en presencia de un ejemplar de esta primera edición, verlo con mis propios ojos, hojearlo, leerlo. Quizás no éste, pero sí alguno de la misma edición, fue repasado por el propio autor una y otra vez. Los libros de gran formato -como éste- se encuentran en estantes especiales donde permanecen acostaditos, posición que es la más apropiada para su preservación.
Otra grata sorpresa son los “papers” de los discípulos de Linneo. Agrupados y bellamente preservados dentro de pastas individuales que contienen un folder donde se aloja cada uno, esta muestra de los albores de las publicaciones científicas es igualmente fascinante. Un ejemplar tomado al azar resulta ser un tratado sobre algún grupo de hongos, escrito en latín, de pocas páginas de extensión, y con una ilustración impresa con alguna técnica diferente a la del texto, añadida en la parte final.
Acerca de las técnicas de imprenta, el recorrido es una delicia que me ilustra sobre la evolución de la tipografía -en los albores de la letra impresa, poco después de Gutenberg- la tipografía para títulos era ornamentada y coloreada manualmente. El procedimiento respecto al texto poco fue cambiando en sus principios generales, a lo largo de aquellos primeros años de la imprenta. Cierto es que los tipos sí fueron evolucionando y los materiales de encuadernado e impresión también. En aquellos albores del libro, se empleaban materiales como velum, de origen animal, de manera cotidiana en algunas partes más duras, como las pastas. Cabe recordar que este velum todavía era empleado para imprimir títulos profesionales hace poco.
Tal vez la evolución más interesante fue la de la técnica para imprimir los grabados e ilustraciones. En un principio, se emplearon sellos de madera grabada y entintada, cada uno los cuales contenía toda la ilustración a representar. Este proceso laborioso empleaba a dos artistas: aquel que trazaba el dibujo, y aquel que grababa la madera. Un sello de esos se conserva aquí. Es un bloque grabado, hecho de madera de pera. Estos sellos de madera, al requerir tanto trabajo para su elaboración, eran empleados en diferentes ediciones -tuvieran o no que ver con la botánica, en el caso de los que representaban plantas-. Posterior a eso, vino el empleo de láminas de cobre grabadas a mano con punzones de metal y que eran empleadas de dos maneras: a modo de guía sobre la cual el papel era presionado para transferir la imagen, o por medio de un baño de barniz o tinta especial que después era “revelado” con algún disolvente que dejaba entintadas solamente las partes grabadas. Se oye sencillo, pero cuando uno se pone a observar con detalle esos grabados -ahora entiendo muy bien porqué en libros más viejitos se refieren a las ilustraciones como grabados- puede ver que las sombras están logradas por medio de muchísimas rayitas paralelas, trazadas a una distancia uniforme unas de otras, cuyo patrón cambia y se densifica -o al revés- según se representen tallos, frutos, semillas con mayor o menor volumen; cornamentas, patas, plumas, crestas, siluetas ondulantes; o inclusive rostros, ropajes, pelucas. En algunos libros, la primera parte incluye los grabados del propio ilustrador y del grabador como un justísimo reconocimiento a una labor tan notable y tan extenuante. Probablemente efectuar los grabados de un solo libro era la labor de una vida. Respecto del color, durante las primeras centurias la técnica para aplicarlo era acuarela. Posteriormente vino la impresión con tintas de color, que hacen que la ilustración se “funda” con el papel, a diferencia de las efectuadas a mano, que parecen “saltar” de la página, pero para eso tuvieron que pasar -otra vez- centenas de años. Otro dato relevante es que en no pocas ocasiones se puede apreciar que las pastas de estos hermosos libros -compendios de vida natural, enormes mamotretos algunos, varios sin mucho ton ni son en cuanto a la lista de organismos…recordemos que son pre-Linneanos-, eran reforzadas con hojas de otras ediciones, en las pastas interiores.
Tratándose del velum anteriormente mencionado, este era inclusive vuelto a emplear en las pastas exteriores, con todo e impresiones originales. Es singular ver en las tapas interiores de un tratado de plantas, trozos de himnos religiosos, por ejemplo; pero esto quiere decir que ya desde los tiempos de Gutenberg, cuando producir un libro era tarea muy tardada, se tuvo la visión de volver a emplear el papel en nuevas ediciones. Si ellos reciclaban, nosotros, que a diario desperdiciamos hojas en trazos y párrafos inútiles ¿por qué no hemos de hacerlo?
Systema Naturae de Linneo, en su edición original, es un libelo de pocas hojas de extensión, no más grueso que una revista. Es de gran formato -mide tal vez unos 30 centímetros de ancho por 45 o 50 de alto, y la razón del tamaño es que, de esa manera, con el volumen abierto, es posible apreciar las clasificaciones completas, tal como fueron propuestas por el autor, y con los respectivos listados de organismos pertenecientes a cada una. Esto es conveniente para cerebros como el mío, que tiene que ayudarse de mapas visuales y herramientas de ese tipo. La clasificación que diseñó el Príncipe de los Botánicos inicia con las rocas y los minerales, para después pasar a los seres vivientes. El número de estambres en la flor separa a los grandes grupos de plantas. Con los animales, el Segundo Adán se guio por otro tipo de criterios y el resultado es que los vertebrados no están agrupados tal como se conciben actualmente, sino que los mamíferos están separados de reptiles y de aves. En todo caso, esta obra, aún con esos detalles, es el cimiento de las grandes disciplinas de la biología, piedra toral de la taxonomía, y me conmueve profundamente estar en presencia de un ejemplar de esta primera edición, verlo con mis propios ojos, hojearlo, leerlo. Quizás no éste, pero sí alguno de la misma edición, fue repasado por el propio autor una y otra vez. Los libros de gran formato -como éste- se encuentran en estantes especiales donde permanecen acostaditos, posición que es la más apropiada para su preservación.
Systema Naturae, obra toral de la biología moderna. Primera edición, 1785.
Fotografía de La vieja enrebozada.
Fotografía de La vieja enrebozada.
Acerca de las técnicas de imprenta, el recorrido es una delicia que me ilustra sobre la evolución de la tipografía -en los albores de la letra impresa, poco después de Gutenberg- la tipografía para títulos era ornamentada y coloreada manualmente. El procedimiento respecto al texto poco fue cambiando en sus principios generales, a lo largo de aquellos primeros años de la imprenta. Cierto es que los tipos sí fueron evolucionando y los materiales de encuadernado e impresión también. En aquellos albores del libro, se empleaban materiales como velum, de origen animal, de manera cotidiana en algunas partes más duras, como las pastas. Cabe recordar que este velum todavía era empleado para imprimir títulos profesionales hace poco.
Tal vez la evolución más interesante fue la de la técnica para imprimir los grabados e ilustraciones. En un principio, se emplearon sellos de madera grabada y entintada, cada uno los cuales contenía toda la ilustración a representar. Este proceso laborioso empleaba a dos artistas: aquel que trazaba el dibujo, y aquel que grababa la madera. Un sello de esos se conserva aquí. Es un bloque grabado, hecho de madera de pera. Estos sellos de madera, al requerir tanto trabajo para su elaboración, eran empleados en diferentes ediciones -tuvieran o no que ver con la botánica, en el caso de los que representaban plantas-. Posterior a eso, vino el empleo de láminas de cobre grabadas a mano con punzones de metal y que eran empleadas de dos maneras: a modo de guía sobre la cual el papel era presionado para transferir la imagen, o por medio de un baño de barniz o tinta especial que después era “revelado” con algún disolvente que dejaba entintadas solamente las partes grabadas. Se oye sencillo, pero cuando uno se pone a observar con detalle esos grabados -ahora entiendo muy bien porqué en libros más viejitos se refieren a las ilustraciones como grabados- puede ver que las sombras están logradas por medio de muchísimas rayitas paralelas, trazadas a una distancia uniforme unas de otras, cuyo patrón cambia y se densifica -o al revés- según se representen tallos, frutos, semillas con mayor o menor volumen; cornamentas, patas, plumas, crestas, siluetas ondulantes; o inclusive rostros, ropajes, pelucas. En algunos libros, la primera parte incluye los grabados del propio ilustrador y del grabador como un justísimo reconocimiento a una labor tan notable y tan extenuante. Probablemente efectuar los grabados de un solo libro era la labor de una vida. Respecto del color, durante las primeras centurias la técnica para aplicarlo era acuarela. Posteriormente vino la impresión con tintas de color, que hacen que la ilustración se “funda” con el papel, a diferencia de las efectuadas a mano, que parecen “saltar” de la página, pero para eso tuvieron que pasar -otra vez- centenas de años. Otro dato relevante es que en no pocas ocasiones se puede apreciar que las pastas de estos hermosos libros -compendios de vida natural, enormes mamotretos algunos, varios sin mucho ton ni son en cuanto a la lista de organismos…recordemos que son pre-Linneanos-, eran reforzadas con hojas de otras ediciones, en las pastas interiores.
Tratándose del velum anteriormente mencionado, este era inclusive vuelto a emplear en las pastas exteriores, con todo e impresiones originales. Es singular ver en las tapas interiores de un tratado de plantas, trozos de himnos religiosos, por ejemplo; pero esto quiere decir que ya desde los tiempos de Gutenberg, cuando producir un libro era tarea muy tardada, se tuvo la visión de volver a emplear el papel en nuevas ediciones. Si ellos reciclaban, nosotros, que a diario desperdiciamos hojas en trazos y párrafos inútiles ¿por qué no hemos de hacerlo?
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