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sábado, 27 de julio de 2024

11. Entro a casa

(Por la Vieja Enrebozada)

 11. Entro a casa. Dejo el bolso, deposito la llave sobre el aparador, y escucho una voz:

- ¡No vengas!

La puerta del baño está entreabierta y bloquea el último tramo del pasillo, de donde proviene la voz que repite:

- ¡No vengas!

Aparentando absoluta tranquilidad, contesto para tantear la situación.

- ¿Está todo bien, Pa?

- Pues…

- ¿Estás lastimado?

- Pues…

“Pues” es una palabra ambigua y es mejor que me entere de lo que pasó.

- Papá, voy a pasar.

Con precaución, empujo la puerta que obstruye la visibilidad. Es entonces cuando lo encuentro tendido en el suelo, completamente acostado. Por un extraño instante, me hace pensar en Tutankamón.

- No quería que te preocuparas, por eso no quería que vinieras…

Como puedo, lo ayudo a incorporarse. Poco a poco, entre ambos, lo vamos desplazando. Parece un enorme cangrejo. Alcanzamos la cama y conseguimos que se siente ahí. Se contempla al espejo que tiene enfrente y se dice, por lo bajo:

- Pendejo.

Ya enfrentaremos la espera en urgencias, los ajustes a la rutina, la búsqueda de una nueva estabilidad. Por lo pronto, escucharlo siendo él me tranquiliza, a pesar de la escena.

Tengo cuarenta y ocho años. Papá tiene noventa y dos. Hace tiempo que soy responsable de su bienestar.

 

viernes, 13 de noviembre de 2020

Día de Muertos

Despertó incómoda y azorada, sintiendo ese malestar indefinido que resultaba de lo pobre que había sido su descanso. Ya no era insomnio, pero de todos modos, día sí, y día también, había “algo” que se interponía entre su fatiga y la paz del reposo bueno. ¿Sería sonámbula?

No tuvo tiempo de lamentarse mucho: la tranquilidad del crepúsculo se quebrantó de pronto con el ruido de pasos en el corredor. El pesado ritmo del andar de la abadesa puso alas a sus movimientos, que se volvieron nerviosos y apurados. Aquella formidable monja de seguro venía a ver, con su vista de águila, si la grasa que empañaba los cristales seguía ahí, o había desaparecido.

Trastabillando, apresurándose, consiguió llegar al lavadero, donde los recuerdos la golpearon como un mazazo. El pilón de piedra, el cepillo, el agua, el jabón. Esa pastilla de jabón café. Los hábitos y las costumbres de la limpieza, que en esa casa conventual se cumplían a rajatabla, hiciera el tiempo que hiciera.

Si tan sólo lograse percibir de nuevo los aromas. Si tan sólo pudiera sentir aquella fina espuma. Impaciente y ansiosa, intentó atraparla. Las burbujas permanecieron intactas cuando su mano las atravesó. Desesperando de nuevo, trató de asir el cepillo. Las cerdas se opacaron un instante, antes de refulgir nuevamente.

En el corredor, los pasos de la abadesa se alejaban en un murmullo cada vez más imperceptible. Cerca del lavadero, una pareja de palomas llegaba a instalarse en el bordillo de la pared, para pasar la noche. El sonido del batir de sus alas la devolvió a su realidad: la muerte.

El marasmo de recuerdos era, una vez más, un exorcismo que su espíritu hacía de su propio pasado; un proceso para soltar las amarras que la mantenían atada a su anterior existencia. ¿Que importaba una costumbre más, un hábito menos? ¿Un cristal con grasa? Ella ya estaba más allá de esas necesidades, al haberse convertido en una esencia etérea que flotaba al viento, y cuyas acciones materiales pertenecían al pasado. Tal vez, y sólo tal vez, serían un recuerdo en la mente de aquellos que hoy, como en cada Día de Muertos, la traerían a su conversación.

 Autor: Beatriz Maruri Aguilar


 

jueves, 21 de mayo de 2020

Día 52. ¿Qué día es hoy?

Hoy desperté con las energías del jueves. Desayuné piña, jugo, pan con aguacate y aceite de oliva y semillas. Podría haber sido un martes cualquiera. Ataqué mis pendientes de home-office con la objetividad del lunes, avanzando en la redacción de ese artículo que a ratos más bien parece capítulo, y luego ya de plano es un folleto, pero me atoré en un tema como a veces me suele pasar en viernes, en que me doy cuenta que mi avance es como el del nadador en un lago de melaza. Apunté la bibliografía que voy a revisar mañana lunes, que es cuando estoy más concentrada. Como ya estaba algo cansada, me fui derechito a la cocina a cocinar como cada domingo, y como el caldito estaba rico, y la limonada estaba fría, de pronto ese rato me dio sabor de sábado. Pero a la hora de pasar por el comedor, me di cuenta de que los muebles tienen el polvo característico de los miércoles. Decidí dejar para mañana domingo lo del quehacer. No me gusta mucho ese día para la trapeada, pero ya se me fue la semana entera, no supe ni en qué. ¿O qué, todavía no termina? No importa. Ojalá mañana sea lunes, o su equivalente en mi estado de ánimo, que suene estar bueno casi todos los días que no sean jueves.



Imagen:

viernes, 24 de abril de 2020

Día 25. Insomnio.

La relación que tengo con mis horas de sueño tiene una constante: es inconstante. Sigue dos patrones: por largas temporadas, nada más apoyar la cabeza en la almohada, el sueño hace una eficiente aparición que dura más de seis horas consecutivas, durante las que no sé de mí, ni del mundo circundante. Y de pronto, se ven interrumpidas por episodios de uno o varios días en los que la temperatura de la habitación, el grosor de las almohadas, las arrugas en mi pijama, pero sobre todo, los duendes de mi cabeza, todo conspira para que den la una, las dos y las tres, y yo esté tan despierta como ahorita.
En esta ocasión probablemente mi ausencia de sueño se debe a la tormenta de ideas que vienen en esta realidad, a la que seguimos estando poco habituados. Finalmente, tenemos en el horizonte el fantasma de la incertidumbre, el mejor aliado de la ansiedad. Pero esta noche en particular, mi mente divaga por ideas diversas, sin profundizar en ninguna:
Preguntas varias (la mayoría sin respuesta). // Trazos sobre los pendientes que hay que seguir adelantando (cuando aparezca el sol, y si logro dormir algo en lo que resta de la noche. Si no logro dormir, de todos modos habrá que hacerlo, solo que un poco de malas y sin demasiadas ganas). // Recapitulación de tareas realizadas y pendientes (porque siempre hay que pensar en que hay algo que hacer: hay que tener algo que le de sentido a cada instante, pandemia haya o no). // Pensamientos y recuerdos de personas que no son cercanas o conocidas, pero que de pronto, quisiera saber como están (tal vez saber que las personas que empacan nuestras compras en el supermercado están bien, equivale a la recuperación de un pequeño trozo de ese pasado normal que está ahí, inalcanzable, a hace pocas semanas de distancia) . // Pensamientos sobre nuestros conocidos -lejanos o cercanos- que trabajan en el sector salud (hace tanto que no los vemos. Ojalá estén bien). // Cifras de esas que a diario hay que escuchar, y que de pronto, ya quisiésemos olvidar (pero es al revés, cada noche estamos pendientes de esa diapositiva con recuadros de colores que nos cuantifican el trance, y en que etapa del mismo están-estuvieron-ya no están, aquellos que lo van integrando. Individualmente tragamos nuestro miedo de estar alguna vez formando parte de las cifras). // Memorias de eventos que casi acaban de pasar, pero que a la luz del escenario actual, parece que hubiesen sucedido en otra vida (Que bueno que se hizo lo que se hizo; al final solo quedará el consuelo de lo que se hizo. Pandemia haya, o no). // Esperanza. (De que lleguemos a una nueva normalidad, sin demasiadas cicatrices de esta etapa. O con las inevitables).
¿Vendrá Morfeo?


viernes, 21 de febrero de 2020

Memento mori (Ay, Tomás).

Ay, Tomás...¿de  qué te sirve evadir la idea de la muerte? ¿Tu crees que nomás por no pensar que existe, vas a alcanzar la eternidad? La naturaleza nos avisa a cada instante que la vida es un río, que fluye y cambia continuamente, y que en algún momento tiene que terminar.
Y el agua del río, Tomás, cada instante es nueva....¿o a poco el río se queda ahí, nomas parado?
No, Tomás...cuanto más nos hagamos a la idea de la vida como un constante  cambio, menos difíciles serán los trances de llegada y despedida. Tu nada más observa: el día le sigue a la noche, y dura solamente lo que tiene que durar. Si lo aprovechas bien, y si no, pues ya se te fue, no va a regresar. Vendrá otro, pero ya no será el mismo. Tendrá su propio aire, su propia atmósfera, su propia combinación de gentes, de sonidos, de calor y de frío, de sentimientos, de música y de alegría y de dolor, de preguntas y respuestas porque cada día, sí, cada unito, trae todo eso.
Así que si no aprovechas esa combinación, ¡pues ya te la perdiste! Y te perdiste toda la cantidad de universos que podrían haber nacido de ese día en que te la pasaste nomás papando moscas.
De modo que yo pregunto: ¿porqué te habría de sorprender la muerte, Tomás, cuando la vida nos ha gritado constantemente que va a llegar? Como dijeron por ahí chamaco: agarra todo lo que tu eres y jálate, que por más que lo esquives, la flaca te va a llegar. ¡Mejor que te encuentre jalando, y no nomás 'ai engarruñao!

viernes, 3 de marzo de 2017

La pequeña ocupa un borde de la mesa.

7. La pequeña ocupa un borde de la mesa, pero llena la habitación completa. Mamá está junto a ella, atendiéndola, mimándola, disfrutando de su condición de abuelita.
Por el pasillo viene un andar pausado. La pequeña dobla sus bracitos regordetes -aunque ya empieza a adivinarse que, como todos los miembros de su familia paterna, muy probablemente será delgada- y cubre su rostro con las manitas, al tiempo que dice en su media lengua:
-Ah, es abuedito. Me voy a esconded.
Papá capta la situación, cambia una sonrisa cómplice con Mamá y se pone a “buscar” a la nieta.

Solamente soy testigo de la escena. Tengo treinta y seis años. La nietecita tiene tres años. Papá tiene setenta y ocho, y hace tres que es abuelo.

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Otra vez son las dos de la tarde.

6. Otra vez son las dos de la tarde y el monstruo me espera afuera. En menos de dos horas habré de domeñarlo, ir a casa, comer y regresar al trabajo en el tiempo apropiado para no tener un retardo. Solo de pensar en semejante secuencia siento un hueco en el estómago, pero devuelvo la sonrisa a mis colegas, que se apresuran también a salir a su hora de comida. Recojo mi bolso, mi carpeta y salgo del edificio. El monstruo color rojo está estacionado a unos metros, en el primer lugar de la fila de la banqueta. Otra vez llegué antes que todos los demás para no tener que hacer maniobras al estacionarme.
Como cada día desde que decidí que vendría al trabajo a bordo de mi nuevo auto, Papá ha venido andando desde casa para acompañarme en el trance, y me espera sonriente junto al Federico.
Tengo veintinueve años. Papá tiene setenta y dos.

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Subo la ladera del cerro.

5. Subo la ladera del cerro. Estoy cansada y desanimada. He pasado gran parte de la mañana contando células al microscopio. Aunque ya no me mareo, aún me canso un poco. Además de afinar mis habilidades con dicho instrumento, he de reunir más datos para efectuar un análisis estadístico suficiente para una tesis de licenciatura. Bueno, mientras los nuevos lotes de composta están listos, tiempo me sobrará para contar una célula tras otra. Mientras atravieso la explanada, rodeando la enorme fuente cuadrada, pienso en esas semanas que demorará que la micro biota del suelo descomponga los desechos, cuidadosamente separados a mano, de la muestra de basura obtenida de la estación de transferencia municipal.
Por ahí he de recomenzar. Por separar la basura, armar la pila y cuidar que el proceso de fermentación aerobia tenga lugar. Ya llegué a la esquina que me han asignado, en un rincón del jardíncito situado en la parte posterior del edificio de Rectoría, a afrontar la tarea de volver a armar las dos pilas existentes con un buen inóculo de desechos-sólidos-domésticos-municipales.
En medio del mar de bolsas de basura, con mi refresco favorito en la mano, está esperándome Papá para ayudarme. Sonríe al verme aparecer.

Tengo veintidós años. Papá tiene sesenta y cinco, y acaba de jubilarse. Ha ingresado a estudiar carpintería en el Instituto de Artes y Oficios de Querétaro.

(De la Serie "Instantes con mi Padre", escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Mañana va a ser Día de las Madres.

4. Mañana va a ser Día de las Madres. En el centro comercial las personas van y vienen mientras cae la tarde. En el aparador, el tibor de cerámica con dibujos de estilo oriental se ve apropiado para obsequiarlo a Mamá, pero no me alcanza el dinero. Estoy en el mostrador vecino, vaciando mis bolsillos, mi cartera, el monedero y hasta otros recovecos de mi bolsa en los que normalmente no hurgaría. Las monedas se juntan poco a poco…y se reúnen con otras monedas que provienen de los bolsillos de Papá, que también está revisándose todos los sitios posibles. Hemos reunido por los pelos la cantidad requerida y nos llevamos el tibor, satisfechos y riéndonos ante el hecho de haber pagado con tanta morralla.

Tengo veinte años. Papá tiene sesenta y tres y trabaja a tiempo completo en el Colegio de Bachilleres. 

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

domingo, 26 de febrero de 2017

Me ha costado trabajo escoger el vestido.

3. Me ha costado trabajo escoger el vestido. Mamá me ha acompañado a diferentes establecimientos y me ha escuchado arrepentirme mil veces por no haber adquirido el primero que me probé, que era perfecto, y que unos días después ya no estaba en el aparador. El que ahora llevo tiene una ligera caída de hombros que rodea al discreto escote barco. Me he revisado mil veces ante el espejo y me siento extraña con mi tieso peinado, e insegura a bordo de ese vestido. Pero ya estoy lista; no hay más que ir al templo donde se celebrará la misa de graduación por el fin del ciclo escolar. Estamos por trasponer la puerta cuando Papá, también arreglado para la ceremonia, me pregunta:
-¿Vas a taparte de algún modo?
Tengo diecisiete años y una gran inseguridad sobre mi aspecto físico. No me quitaré la estola en toda la noche. Papá tiene sesenta y muchas otras cosas en que pensar.

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Vamos caminando por la calle de Mar Mediterráneo

2. Vamos caminando por la calle de Mar Mediterráneo. Papá me recogió de la escuela, al pasar de su trabajo. Enfundado en su traje se ve muy elegante, y yo me siento muy feliz brincoteando y parloteando a su lado. Pronto llegaremos a casa.
Hemos doblado la esquina y junto al puesto de periódicos está mi compañero Rodolfo, en compañía de su madre. Me percato de su faz llorosa y por un instante me pregunto a qué se debe el llanto. La interrogante dura poco; la señora nos ha detenido y dice estar inspeccionando las mochilas de los compañeros de su hijo para encontrar el lápiz que ha sido “robado” por alguno de ellos. Mi mochila pasa la revisión y la señora extrae mi lápiz. Ese que cuido tanto, después de los regaños que me he llevado en casa por mi tendencia a extraviar mis pertenencias. Ese que me han dado para reponer el anterior, y que he procurado no perder de vista. Con el objeto en la mano, declara que es el de su hijo.
Papá no me consulta. Sencillamente, me golpea en plena calle, sin decir palabra.
El resto del trayecto transcurre de manera silenciosa, entre mis esfuerzos por mantener el paso, y por contener infructuosamente un llanto que tiene el sabor amargo de la humillación.
Tengo siete años. Papá tiene cincuenta y es jefe de materia en el campus “El Rosario” del Colegio de Bachilleres.

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Es un cuarto de baño de tamaño reducido.

1. Es un cuarto de baño de tamaño reducido. Entrando, a mano izquierda, está el inodoro, y a la derecha, un lavabo con pedestal. Dos pasos más y el recorrido termina abruptamente en el borde de la bañera que ocupa todo el fondo de la habitación, y cuya cortina normalmente se encuentra abierta en horas de desuso. Me encuentro sentada en el borde de la bañera, un día cualquiera, a una hora cualquiera. Sostengo un libro sobre mi regazo. Es un libro de pastas color blanco encuadernado a la rústica, cuya portada tiene un dibujo muy simplificado de la cabeza de un oso. Su cara redonda, sus ojos redondos, y sus orejas redondeadas. La página en la que tengo abierto el libro tiene una gran letra “M” en tipografía también redondeada de tonos azules.
Papá me explica que cuando la consonante “m” se junta con la vocal “a”, se forma la sílaba “ma”. Está sentado junto a mí en la orilla de la bañera.
Tengo cinco años y acabo de entrar a la primaria. Papá tiene cuarenta y ocho, y hace poco que trabaja de Maestro de Inglés a tiempo completo, después de haber sido despedido con cajas destempladas de la empresa a la que dedicó veintisiete años de su vida laboral.

(De la serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

sábado, 9 de abril de 2016

Aloysia citriodora en el sur profundo...y en la cazuela, la taza de té....

"Lo que el viento se llevó" es una novela de la escritora estadounidense Margaret Mitchell, que narra la epopeya de una familia acaudalada del sur de los Estados Unidos en el antes, el durante y el después de la Guerra de Secesión (1861-1865). La protagonista central es una beldad de fuerte carácter, decisiones muy firmes y pocos escrúpulos, la sin igual Scarlett O'Hara (o Escarlata O'Hara, según la espeluznante fórmula empleada por las traducciones al español).
Scarlett O'Hara tiene poco respeto por la humanidad en general, con algunas contadas excepciones. Su madre, Ellen de Robillard, aristocrática dama casada con un irlandés en busca de fortuna, Gerald O'Hara, se cuenta entre ellas. La figura de Ellen de Robillard, presente al inicio de la novela, es una sedante personalidad que toma con naturalidad sus deberes de esposa de un rico agricultor y se aboca a ser la madre de todos quienes giran en torno a la hacienda, Tara. 
Cuando ella muere, en la mente de todos quienes la quisieron queda el recuerdo permanente de dos de sus características innatas: el crujir de sus enaguas y su aroma de limón y verbena. Cuando menos, eso es lo que dice la traducción al español, y transmite la idea de ser una fragancia proveniente de dos plantas. 
En realidad, se trata de una sola especie, Aloysia citriodora, que en inglés es llamada "lemon verbena", "lemon beebrush" y que en México conocemos como "cedrón". 


Este interesante arbusto de la familia Verbenaceae, tiene un aroma semejante al del limón y se emplea como infusión digestiva y refrescante. Sus tallos y hojas tienen un aceite esencial cuyo componente principal se llama citral, responsable de su delicioso aroma, junto con otros compuestos como limoneno, linalol, cineol, terpineol, y cariofileno, un aldehído sesquiterpénico al que se atribuye acción eupéptica -que ayuda a la digestión- y espasmolítica -que calma espasmos o convulsiones-. 
Sus hojas secas se emplean en marinadas, aderezos y salsas para dar un toque de aroma cítrico.
La infusión —realizada con entre 5 y 20 g por litro— se utiliza como digestivo, para casos de dispepsia y dolores de estómago. Pero se la consume también como sedante ligero, ya que posee una importante cantidad de melatonina, sustancia que se usa como relajante natural y que favorece el sueño nocturno.
¿Sería por esto último que el aroma de Aloysia citriodora que emanaba Ellen de Robillard permaneció asociado con su recuerdo, y con la evocación de una época ya ida donde la existencia estaba asegurada? Quizás.

Imagen e información sobre Aloysia citriodora:


jueves, 10 de marzo de 2016

El aguamanil, ese bello acompañante.

Dedicado al Rancho San José.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define al aguamanil como un “Jarro con pico para echar agua en la palangana o pila donde se lavan las manos, y para dar aguamanos”. También acepta esta otra acepción: “Palangana o pila destinada para lavarse las manos”. En mi imaginario infantil, yo siempre concebí al aguamanil como el conjunto de ambas piezas, la jarra de asa alta y la palangana amplia, de cerámica vidriada, colocados discretamente en su base de herrería, al fondo del pasillo, con una toalla limpia colgando y la pastilla de jabón dispuesta en su platillo.
Ahora bien, la primera página de una libreta de tapas rojas que tengo en mi mesilla de noche tiene anotada una lista de palabras que me gustan. “Aguamanil” es una de ellas. Tiene un sonido armónico (aguama-nil), que me parece está en consonancia con lo que representa. Uno pronuncia la palabra y siente como sus vocales y consonantes fluyen, refrescan y confortan.
El vocablo “Aguamanil” me traslada a algunos momentos de mi infancia, en estancias breves en un hermoso casco, propiedad de familia querida. Tal vez por eso siento que esta palabra lleva encerradas en sus cuatro sílabas las costumbres de las familias de antes, cuyas casas a veces contaban solamente con una toma de agua en el exterior o cuando mucho, en la cocina. Pronuncio “aguamanil” y siento el cariño de los anfitriones que llevaban este sofisticado accesorio a la habitación del huésped como parte de los pertrechos para hacerla acogedora, tal vez junto con una gruesa vela en un candelero de bronce, una lámpara de aceite y cuidadas cobijas con aroma de encierro. Recuerdo el sosiego de las noches en el campo, solamente interrumpidas por el murmullo de algún insecto y por los ruidos discretos de alguien que se levantaba a atender alguna necesidad. Atisbo el recato de las anfitrionas, las señoras de la casa, que a la mañana siguiente cubrían la palangana con un paño limpio y almidonado, para llevarla así velada a verter su contenido en algún rincón secreto.
La evocación me ha producido unas enormes ganas de, algún día, tener el mío en la esquina de la recámara que comparto con mi esposo, como un hermoso detalle decorativo -las casas deben de ser bellas! y esto no quiere decir que deban ser lujosas-, evocador de tiempos pasados, remembranza de todas esas hermosas sensaciones de los días familiares…y estoy segura, también, servicial para ahorrar algo de agua en las abluciones matutinas.

jueves, 25 de febrero de 2016

El borzoi que no subió al Titanic

El borzoi es una elegante raza de perros de origen ruso. Uno los ve y se figura estar contemplando la crema de la aristocracia perruna: tienen patas largas y esbeltas, ondulan graciosamente sus cabelleras de color claro, lucen hocico estrecho, perfilado, casi como una nariz respingada -en humano-. Dignos acompañantes de la familia imperial rusa, estos galgos fueron criados para corretear en cacerías que buscaban exterminar al lobo siberiano.
La palabra "borzoi" deriva de la expresión rusa "borzáya sobáka", que quiere decir  "perro veloz". Es difícil imaginar a un animal de estampa tan elegante correr sin descanso detrás de un lobo, y todavía más cuando se sabe que son de temperamento más bien tranquilo, poco dado a los ladridos. Este rasgo tan discreto, junto a su magnífico aspecto, han hecho del borzoi un modelo perfecto para diversos artistas. Sus lineas alargadas y armónicas deben haber proporcionado largas horas de placentero trabajo a pintores como Georges Jules Victor Clairin, ilustrador francés de finales del siglo diecinueve, que retrató un indolente y flojeroso borzoi a los pies de la entonces famosísima actriz Sarah Bernhardt.
Recostada en un diván, con un vestido orlado de piel en los puños y en el ruedo, la actriz mira fijamente al pintor, mientras el perro, enroscado sobre la alfombra, yergue levemente las orejas y busca con los ojos algo que ha atraído su atención. ¿Acompañaría este hermoso animal a la actriz en sus giras? 
Quien sí se hizo acompañar de un borzoi a bordo de un barco, fue nada menos que el Capitán Edward John Smith, quizás uno de los más famosos en el imaginario colectivo. Fue bajo el mando del Capitán Smith que el RMS Titanic se hizo a la mar aquella mañana del diez de abril de 1912. De orígenes humildes, Edward John Smith dió inicio a su carrera naval en 1869, como aprendiz en la White Star Line. Su carrera fue ascendente, pasando de cuarto oficial a primero, y finalmente, capitán en el Britanic, el Majestic y el Olympic. Para cuando le es asignada la responsabilidad del timón del Titanic, Edward John Smith es ya un hombre maduro, lobo de mar, tardíamente casado, padre de una hija, y dueño de un hermoso perro llamado "Ben". 
La imagen muestra al Capitán con su magnífico perro borzoi en la cubierta de una nave. Edward John Smith luce una cuidada barba blanca y un impecable uniforme de botonadura cruzada. El perro jadea en el momento de la fotografía, sujeto por una pequeña correa de la mano derecha de su amo. 
Diversas fuentes coinciden en señalar que el perro fue un regalo de Benjamin Guggenheim a la hija de Smith, que tenía la misma edad que la suya propia. Es un poco curioso que el nombre asignado al can haya sido la contracción de el del magnate; pero si ambos hombres eran amantes de los perros, esto debió haber sido bien recibido. 
Además del amor por los animales, Smith y Guggenheim tuvieron una coincidencia fatídica: ambos perdieron la vida aquella noche del catorce al quince de abril de 1912. Smith, de sesenta y dos años, en el puente del barco; Guggenheim, de cuarenta y siete, en el salón, elegantemente vestido y habiendo pronunciado la frase: "nos vestimos con lo mejor y estamos dispuestos a morir como caballeros". 
Ben, el borzoi, no acompañó a su amo en el viaje.

Foto 1. ROVER_JP (Flickr).
Foto 2. Wikipedia.

sábado, 26 de octubre de 2013

El extraordinario Jardín Chino de Dunedin, Nueva Zelanda

La ciudad de Otago, en la isla Sur del Archipiélago Neozelandés, es una interesante y tranquila ciudad a la que vinieron a establecerse inmigrantes de origen escocés, que decidían embarcarse en un recorrido de tres de meses de navegación, para jamás volver a ver las colinas que les habían visto nacer. Otro día hablaré más a detalle de la interesante historia de esta parte de Nueva Zelanda; hoy quiero centrarme en una rarísima joya que posee este lugar y que contribuye a hacerlo un lugar poco común: el Jardín Chino “Lan Yuan”, cuya traducción -no demasiado precisa quizás- es “El Jardín de la Iluminación”.
La entrada al "Lan Yuan" Garden of Dunedin.

Se trata de uno de los tres jardines chinos auténticos que existen fuera de China. Fue construido para conmemorar la presencia de los inmigrantes chinos en la ciudad -ya se ve que los escoceses fueron los primeros, mas no los únicos-, y su producción fue una obra conjunta de las ciudades hermanas de Shangai y de Dunedin, junto con una interesante proporción de donativos públicos.
Mosaico de piedra.

Algo sumamente interesante es que la planeación de esta maravilla se llevó ocho años, durante los cuales los artistas Cao Yongkang -de la Universidad Jiao Tong de Shangai-, Chen Ling -de la Universidad Tongji- y Tang Yufeng -del Museo de Shangai- llevaron a cabo una labor preciosista tomando como base las jardines tradicionales del área de Jiangnan, y asegurándose de crear una obra precisa como máquina de relojero suizo, funcional como un vehículo bien diseñado, y auténtica como un jardín de la dinastía Ming.
Las características formas de las ilustraciones orientales cobran vida en en Lang Yuan Garden.

El jardín fue prefabricado en Shangai en un predio de dimensiones y características idénticas a los del que llegaría a ocupar en Dunedin; después fue desmantelado, empaquetado, trasladado, y vuelto a construir en Nueva Zelanda. Solamente hubo cuatro cosas que no llegaron desde China: el agua, los peces, las plantas y el concreto.
Planas neozelandesas en el Jardín Chino.

¿Las plantas? ¿Pues que no se trata de un jardín? Así es, pero en este caso, casi podría decirse que las plantas son solamente un elemento más, que contribuye a equilibrar un conjunto en donde la arquitectura, el diseño, los materiales y el agua son los elementos predominantes.





Todo en este maravilloso espacio mueve -casi obliga- a la calma, la paz y la serenidad interior. Y antes de irnos, hemos anudado un listón rojo cuyo significado es: quiero regresar algún día.

Todas las imágenes son de La Vieja Enrebozada

Fuentes: