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viernes, 13 de noviembre de 2020

Día de Muertos

Despertó incómoda y azorada, sintiendo ese malestar indefinido que resultaba de lo pobre que había sido su descanso. Ya no era insomnio, pero de todos modos, día sí, y día también, había “algo” que se interponía entre su fatiga y la paz del reposo bueno. ¿Sería sonámbula?

No tuvo tiempo de lamentarse mucho: la tranquilidad del crepúsculo se quebrantó de pronto con el ruido de pasos en el corredor. El pesado ritmo del andar de la abadesa puso alas a sus movimientos, que se volvieron nerviosos y apurados. Aquella formidable monja de seguro venía a ver, con su vista de águila, si la grasa que empañaba los cristales seguía ahí, o había desaparecido.

Trastabillando, apresurándose, consiguió llegar al lavadero, donde los recuerdos la golpearon como un mazazo. El pilón de piedra, el cepillo, el agua, el jabón. Esa pastilla de jabón café. Los hábitos y las costumbres de la limpieza, que en esa casa conventual se cumplían a rajatabla, hiciera el tiempo que hiciera.

Si tan sólo lograse percibir de nuevo los aromas. Si tan sólo pudiera sentir aquella fina espuma. Impaciente y ansiosa, intentó atraparla. Las burbujas permanecieron intactas cuando su mano las atravesó. Desesperando de nuevo, trató de asir el cepillo. Las cerdas se opacaron un instante, antes de refulgir nuevamente.

En el corredor, los pasos de la abadesa se alejaban en un murmullo cada vez más imperceptible. Cerca del lavadero, una pareja de palomas llegaba a instalarse en el bordillo de la pared, para pasar la noche. El sonido del batir de sus alas la devolvió a su realidad: la muerte.

El marasmo de recuerdos era, una vez más, un exorcismo que su espíritu hacía de su propio pasado; un proceso para soltar las amarras que la mantenían atada a su anterior existencia. ¿Que importaba una costumbre más, un hábito menos? ¿Un cristal con grasa? Ella ya estaba más allá de esas necesidades, al haberse convertido en una esencia etérea que flotaba al viento, y cuyas acciones materiales pertenecían al pasado. Tal vez, y sólo tal vez, serían un recuerdo en la mente de aquellos que hoy, como en cada Día de Muertos, la traerían a su conversación.

 Autor: Beatriz Maruri Aguilar


 

sábado, 18 de julio de 2020

Rendez-vous inesperado.

Por Beatriz Maruri Aguilar.

Había pasado tantas veces por la esquina en la que desemboca esa plazoleta, que aquella tarde lluviosa no prestaba atención a los detalles que me rodeaban. El café de siempre, adornado en su pared del fondo por una ilustración algo infantil de un naranjo, seguía estando en pie. Mi mente divagó un momento a días pasados, cuando ese lugar era el punto de reunión y disfrute de charla con amigos, y las responsabilidades de la vida todavía no eran tan absorbentes. No aminoré el paso con el recuerdo, pero divisar la figura solitaria de mi abuela, sentada a una mesa sombreada y disfrutando una taza de café, fue lo que me detuvo en seco. Era un encuentro insólito: mi abuela lleva muerta casi veinte años.

Ella mostraba un gesto natural, con el sosiego de quien acaba de verte la víspera. Enfundada en ese suéter azul de tantas tardes y con su característica media sonrisa se dirigía hacia mí, que todavía desconcertada, tartajeaba entre gozosa y estupefacta:

- ¡Abuelita! Pero ¿Cómo es esto? ¿Qué haces aquí?

No alcancé a escuchar su respuesta, pues de pronto divisé que desde otra mesa, alguien me hacía señas. Si la presencia de mi abuela muerta era impactante, este otro encuentro era demencial. No creo haber podido controlar mi voz ni mis gestos, y de inmediato abandoné a abuelita, cruzando las pocas zancadas que separaban las mesas con los ojos desorbitados, y el gesto desencajado.

Todo era exactamente igual. La estatura, el color del pelo, las canas ya visibles. El rostro anguloso, la mandíbula cuadrada, la forma de los dientes. La boca ladeada al sonreír, los hoyuelos alargados en las mejillas, los lunares, los ojos, la forma de enchuecar la boca…hasta los marcos de las gafas que, por supuesto, traía puestas. Ella esbozaba el gesto divertido de quien ha tomado por sorpresa a su víctima, y disfruta con ello. 

En un instante, a mi mente acudieron cien ideas. -No puede ser, pensaba. -Todo este tiempo me  han mentido, me dolía. Mientras llegaba apresuradamente a la mesa en la que mi interlocutora ya se ponía de pie, un torrente de preguntas alcanzó mi boca, antes de que mi mente consiguiese contenerlas u organizarlas.

- ¡¿Cómo es esto posible?! ¿Dónde has estado? ¿Por qué nunca me dijeron? ¿Quién eres?

Ella solo sonreía, y nada contestaba. De cerca, sí había una diferencia pequeña: las cejas un poco menos pobladas. Hice un nuevo intento, pensando que si la cifra era la esperada, ya no cabría duda alguna:

- ¡¿Cuántos años tienes?! -Ella solo se encogió de hombros, y replicó sencillamente:
- Eso, ¿Qué importa? -Otra vez la sonrisa ladeada, los hombros encogiéndose-.
- ¡Por Dios! ¡Soy yo! ¡Es idéntica a mí!
- ¡Claro! - Comenzaba a responderle- ¿Qué importa la edad? Tienes razón….

Y de pronto, el despertador sonó. Inmisericordemente.

viernes, 21 de febrero de 2020

Memento mori (Ay, Tomás).

Ay, Tomás...¿de  qué te sirve evadir la idea de la muerte? ¿Tu crees que nomás por no pensar que existe, vas a alcanzar la eternidad? La naturaleza nos avisa a cada instante que la vida es un río, que fluye y cambia continuamente, y que en algún momento tiene que terminar.
Y el agua del río, Tomás, cada instante es nueva....¿o a poco el río se queda ahí, nomas parado?
No, Tomás...cuanto más nos hagamos a la idea de la vida como un constante  cambio, menos difíciles serán los trances de llegada y despedida. Tu nada más observa: el día le sigue a la noche, y dura solamente lo que tiene que durar. Si lo aprovechas bien, y si no, pues ya se te fue, no va a regresar. Vendrá otro, pero ya no será el mismo. Tendrá su propio aire, su propia atmósfera, su propia combinación de gentes, de sonidos, de calor y de frío, de sentimientos, de música y de alegría y de dolor, de preguntas y respuestas porque cada día, sí, cada unito, trae todo eso.
Así que si no aprovechas esa combinación, ¡pues ya te la perdiste! Y te perdiste toda la cantidad de universos que podrían haber nacido de ese día en que te la pasaste nomás papando moscas.
De modo que yo pregunto: ¿porqué te habría de sorprender la muerte, Tomás, cuando la vida nos ha gritado constantemente que va a llegar? Como dijeron por ahí chamaco: agarra todo lo que tu eres y jálate, que por más que lo esquives, la flaca te va a llegar. ¡Mejor que te encuentre jalando, y no nomás 'ai engarruñao!

viernes, 3 de marzo de 2017

Vamos atravesando los pasillos del supermercado.

10. Vamos atravesando los pasillos del supermercado, como cada semana. Nuestro carrito está a medio llenar y entre los artículos que pronto pasarán por la caja registradora, hay naranjas, plátanos, media piña, algunas guayabas, mandarinas, un aguacate, jitomates, brócoli, una cebolla pequeña, una cajita de arúgula.
Papá se expresa con el gesto que hace cuando revisa que en derredor haya otros compradores que puedan escucharlo.
-Ni que fuera yo vaca para comer tanto verde. Además, ¿Qué?! Yo ya tomo tortillas, que son de maíz, y eso es verde; tomo pan, que viene del trigo, que también es verde; tomo queso que…bueno, ya fue procesado por la vaca, pero… ¿eh-heh…? ¿Cómo la ves desde ahí?
-Papá…no me jodas.
Reímos los dos, mientras seguimos avanzando por el pasillo del supermercado.
Tengo cuarenta y tres años. Papá tiene ochenta y seis. No siempre nos entendemos, pero al menos lo seguimos intentando. f

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

El ambiente de la habitación es frío.

8. El ambiente de la habitación es frío, pero el frío que tengo en el alma es el que me está calando. La voz del médico me da una indicación tras otra. Las horas de oxígeno, los medicamentos inhalados, los antibióticos. Los diuréticos. Los malditos diuréticos. Los medicamentos anti fúngicos. Los cuidados generales, las posibles complicaciones. El número telefónico, disponible ante una emergencia. En su silueta, en su gesto, en su tono, adivino su apuro por abandonar la habitación y seguir atendiendo a su lista de pacientes.
En el borde de la cama, la breve silueta de Mamá, conectada a esos tubos que ahora la ayudan a respirar, es el punto en el cual el cielo se me está juntando con la tierra. Es el sitio donde suelo anclarme, súbitamente convertido ancla asida a mí. Procuro hilar mis ideas, procuro imprimir alguna intención a mis movimientos, y al mismo tiempo, lidiar con la opresión que siento en el pecho y con el hueco que tengo en el estómago. Un ruido suave me hace volver la cabeza. Es la puerta, nuevamente.
Envueltos en una bolsa de papel estraza, usada y arrugada, vienen los varios miles de pesos que nos restan por pagar para abandonar el hospital y llevarnos a nuestro frágil y amado tesoro de vuelta a casa. No supe en qué momento lo hizo, pero fue y vino solo por las calles frías, húmedas y lluviosas, con ese cargamento a cuestas.
Papá deja el paquete en la mesilla de la habitación y se aproxima a la cama.
-Cielito- le dice. Como tantas veces.
Una débil sonrisa se dibuja en la faz de ella, al reconocerlo.
-Gordo- le dice. Como tantas veces.
Otra vez soy testigo. Del amor, en ese instante.
Tengo treinta y ocho años. Papá acaba de cumplir ochenta y dos. Estamos deslizándonos irremediablemente hacia uno de los vórtices de nuestras vidas. No vamos a salir incólumes.



(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Hay una luz que recorre los pasillos de la casa.

9. Hay una luz que recorre los pasillos de la casa, pero que no logra llenar el demoledor vacío de su atmósfera, su tiempo, su ambiente, su espacio. El hueco de mi estómago se ha trasladado al corazón y recorro como autómata cada habitación intentando poner un nuevo orden en espacios hasta ahora ocupados por medicamentos, suplementos alimenticios, instrumentos de terapia, inhaladores, libros, revistas. Accesorios que de pronto no tienen sentido, pero que han sido amigos, socios, cómplices de esta última y dura temporada. Estaciono el concentrador de oxígeno en una esquina de la habitación, ese compañero de los últimos meses que, abruptamente, guardó silencio. Enrollo el largo tubito transparente que lleva a las puntas nasales, opacas por el uso, y contemplo el humidificador, todavía a medio llenar. La vista se me nubla.
Intento infructuosamente hacer oídos sordos al rumor que proviene de la habitación vecina, donde la cama va llenándose poco a poco de sacos, faldas, blusas, suéteres, vestidos que salen del closet, donde estaban acomodados con el impecable orden de siempre.
Papá aparece en el umbral y en el tono que emplea cada vez que quiere zanjar un conflicto, me dice:
-Yo creo que tú eres la que tiene que ceder.
No es esta frase lo que me ayuda a superar el momento, sino el pensar que mi hermano que apila las pertenencias personales de Mamá para entregarlas a la caridad, fue tan hijo de ella como yo. Y en dos días regresará a su casa, océano de por medio.
Tengo treinta y nueve años y Mamá ha muerto hace tres días. Papá tiene ochenta y tres y hace tres días que ha enviudado. 


(De la Serie "Instantes con mi Padre", escrito por Beatriz Maruri Aguilar)


La pequeña ocupa un borde de la mesa.

7. La pequeña ocupa un borde de la mesa, pero llena la habitación completa. Mamá está junto a ella, atendiéndola, mimándola, disfrutando de su condición de abuelita.
Por el pasillo viene un andar pausado. La pequeña dobla sus bracitos regordetes -aunque ya empieza a adivinarse que, como todos los miembros de su familia paterna, muy probablemente será delgada- y cubre su rostro con las manitas, al tiempo que dice en su media lengua:
-Ah, es abuedito. Me voy a esconded.
Papá capta la situación, cambia una sonrisa cómplice con Mamá y se pone a “buscar” a la nieta.

Solamente soy testigo de la escena. Tengo treinta y seis años. La nietecita tiene tres años. Papá tiene setenta y ocho, y hace tres que es abuelo.

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Otra vez son las dos de la tarde.

6. Otra vez son las dos de la tarde y el monstruo me espera afuera. En menos de dos horas habré de domeñarlo, ir a casa, comer y regresar al trabajo en el tiempo apropiado para no tener un retardo. Solo de pensar en semejante secuencia siento un hueco en el estómago, pero devuelvo la sonrisa a mis colegas, que se apresuran también a salir a su hora de comida. Recojo mi bolso, mi carpeta y salgo del edificio. El monstruo color rojo está estacionado a unos metros, en el primer lugar de la fila de la banqueta. Otra vez llegué antes que todos los demás para no tener que hacer maniobras al estacionarme.
Como cada día desde que decidí que vendría al trabajo a bordo de mi nuevo auto, Papá ha venido andando desde casa para acompañarme en el trance, y me espera sonriente junto al Federico.
Tengo veintinueve años. Papá tiene setenta y dos.

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Subo la ladera del cerro.

5. Subo la ladera del cerro. Estoy cansada y desanimada. He pasado gran parte de la mañana contando células al microscopio. Aunque ya no me mareo, aún me canso un poco. Además de afinar mis habilidades con dicho instrumento, he de reunir más datos para efectuar un análisis estadístico suficiente para una tesis de licenciatura. Bueno, mientras los nuevos lotes de composta están listos, tiempo me sobrará para contar una célula tras otra. Mientras atravieso la explanada, rodeando la enorme fuente cuadrada, pienso en esas semanas que demorará que la micro biota del suelo descomponga los desechos, cuidadosamente separados a mano, de la muestra de basura obtenida de la estación de transferencia municipal.
Por ahí he de recomenzar. Por separar la basura, armar la pila y cuidar que el proceso de fermentación aerobia tenga lugar. Ya llegué a la esquina que me han asignado, en un rincón del jardíncito situado en la parte posterior del edificio de Rectoría, a afrontar la tarea de volver a armar las dos pilas existentes con un buen inóculo de desechos-sólidos-domésticos-municipales.
En medio del mar de bolsas de basura, con mi refresco favorito en la mano, está esperándome Papá para ayudarme. Sonríe al verme aparecer.

Tengo veintidós años. Papá tiene sesenta y cinco, y acaba de jubilarse. Ha ingresado a estudiar carpintería en el Instituto de Artes y Oficios de Querétaro.

(De la Serie "Instantes con mi Padre", escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Mañana va a ser Día de las Madres.

4. Mañana va a ser Día de las Madres. En el centro comercial las personas van y vienen mientras cae la tarde. En el aparador, el tibor de cerámica con dibujos de estilo oriental se ve apropiado para obsequiarlo a Mamá, pero no me alcanza el dinero. Estoy en el mostrador vecino, vaciando mis bolsillos, mi cartera, el monedero y hasta otros recovecos de mi bolsa en los que normalmente no hurgaría. Las monedas se juntan poco a poco…y se reúnen con otras monedas que provienen de los bolsillos de Papá, que también está revisándose todos los sitios posibles. Hemos reunido por los pelos la cantidad requerida y nos llevamos el tibor, satisfechos y riéndonos ante el hecho de haber pagado con tanta morralla.

Tengo veinte años. Papá tiene sesenta y tres y trabaja a tiempo completo en el Colegio de Bachilleres. 

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

domingo, 26 de febrero de 2017

Me ha costado trabajo escoger el vestido.

3. Me ha costado trabajo escoger el vestido. Mamá me ha acompañado a diferentes establecimientos y me ha escuchado arrepentirme mil veces por no haber adquirido el primero que me probé, que era perfecto, y que unos días después ya no estaba en el aparador. El que ahora llevo tiene una ligera caída de hombros que rodea al discreto escote barco. Me he revisado mil veces ante el espejo y me siento extraña con mi tieso peinado, e insegura a bordo de ese vestido. Pero ya estoy lista; no hay más que ir al templo donde se celebrará la misa de graduación por el fin del ciclo escolar. Estamos por trasponer la puerta cuando Papá, también arreglado para la ceremonia, me pregunta:
-¿Vas a taparte de algún modo?
Tengo diecisiete años y una gran inseguridad sobre mi aspecto físico. No me quitaré la estola en toda la noche. Papá tiene sesenta y muchas otras cosas en que pensar.

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Vamos caminando por la calle de Mar Mediterráneo

2. Vamos caminando por la calle de Mar Mediterráneo. Papá me recogió de la escuela, al pasar de su trabajo. Enfundado en su traje se ve muy elegante, y yo me siento muy feliz brincoteando y parloteando a su lado. Pronto llegaremos a casa.
Hemos doblado la esquina y junto al puesto de periódicos está mi compañero Rodolfo, en compañía de su madre. Me percato de su faz llorosa y por un instante me pregunto a qué se debe el llanto. La interrogante dura poco; la señora nos ha detenido y dice estar inspeccionando las mochilas de los compañeros de su hijo para encontrar el lápiz que ha sido “robado” por alguno de ellos. Mi mochila pasa la revisión y la señora extrae mi lápiz. Ese que cuido tanto, después de los regaños que me he llevado en casa por mi tendencia a extraviar mis pertenencias. Ese que me han dado para reponer el anterior, y que he procurado no perder de vista. Con el objeto en la mano, declara que es el de su hijo.
Papá no me consulta. Sencillamente, me golpea en plena calle, sin decir palabra.
El resto del trayecto transcurre de manera silenciosa, entre mis esfuerzos por mantener el paso, y por contener infructuosamente un llanto que tiene el sabor amargo de la humillación.
Tengo siete años. Papá tiene cincuenta y es jefe de materia en el campus “El Rosario” del Colegio de Bachilleres.

(De la Serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

Es un cuarto de baño de tamaño reducido.

1. Es un cuarto de baño de tamaño reducido. Entrando, a mano izquierda, está el inodoro, y a la derecha, un lavabo con pedestal. Dos pasos más y el recorrido termina abruptamente en el borde de la bañera que ocupa todo el fondo de la habitación, y cuya cortina normalmente se encuentra abierta en horas de desuso. Me encuentro sentada en el borde de la bañera, un día cualquiera, a una hora cualquiera. Sostengo un libro sobre mi regazo. Es un libro de pastas color blanco encuadernado a la rústica, cuya portada tiene un dibujo muy simplificado de la cabeza de un oso. Su cara redonda, sus ojos redondos, y sus orejas redondeadas. La página en la que tengo abierto el libro tiene una gran letra “M” en tipografía también redondeada de tonos azules.
Papá me explica que cuando la consonante “m” se junta con la vocal “a”, se forma la sílaba “ma”. Está sentado junto a mí en la orilla de la bañera.
Tengo cinco años y acabo de entrar a la primaria. Papá tiene cuarenta y ocho, y hace poco que trabaja de Maestro de Inglés a tiempo completo, después de haber sido despedido con cajas destempladas de la empresa a la que dedicó veintisiete años de su vida laboral.

(De la serie "Diez instantes con mi Padre". Escrito por Beatriz Maruri Aguilar)

jueves, 25 de febrero de 2016

Bajón de azúcar (Cuento)

Por Beatriz Maruri Aguilar


El exceso de insulina consume implacable a la glucosa, mientras el hígado trabaja a marchas forzadas en un intento estéril de elevar a una tasa adecuada los niveles de glucagón. Esto no es suficiente para controlar el caos que se avecina e invade otros procesos del organismo. Siguiendo órdenes del cuarto ventrículo cerebral, cuyos quimiorreceptores han dado la voz de alarma ante el nivel inusual de glucagón, el vago y el entérico indican al estómago que ha de prepararse para el peristaltismo inverso. Mientras tanto, la acción de las glándulas suprarrenales induce un estado de alerta que no puede ser sostenido dado que, en el sistema, sencillamente no hay combustible.
Que larga está la fila, es absurdo que en sábado solamente haya una sucursal abierta en toda la ciudad, Lo bueno es que cuando menos hay muchos cajeros atendiendo, Si porque la fila avanza no muy rápido pero ahí vamos. /Mamá mamá mamá mamá dime hijito quiero ir a jugar a los videojuegos ve mi vida pero ve con tu Yuyú mientras yo hago fila me das unas monedas si cielo ten vayan con cuidado Mamá por favor/ Antes había otra sucursal abierta en el centro comercial del sur, Si pero ya la cerraron, Es una lástima, Sí es una lástima porque ahí casi no había gente, Porque la habrán cerrado? Quien sabe hay otro banco que abre en fin de semana, Sí el asiático pero atienden muy mal el otro día yo fui y era una fila como el doble de tamaño que esta y un solo cajero atendiendo, Ah que la canción, Sí me tardé horas allá por eso hoy vine aquí.
Las últimas reservas de glucosa se han agotado en el organismo. El sistema nervioso central decide que la supervivencia está en juego y ha llegado la hora de ahorrar cuantas reservas energéticas sea posible. El diámetro de los vasos sanguíneos periféricos comienza a disminuir, a su orden.
(…que cansado estoy el aire me falta.. porque será que estos bancos están tan encerrados, allá está Rosario, avanza poco a poco en la fila, que bueno que ya después de aquí iremos a casa, estoy muy cansado, que extraño que tenga tanto sueño…dormí bien anoche, que guapa se ve mi mujer, parece mentira, tantos años juntos ya, que barbaridad me estoy durmiendo, que bueno que hay sillas en los bancos antes había que hacer fila de pie).
Bueno cuando menos ya estamos adentro del banco, si pero la fila es casi del mismo tamaño que lo que ya hemos recorrido, ah esto quiere decir que nos falta cuando menos otro tanto de tiempo. Ese señor se está durmiendo, ahí viene su esposa a despertarlo...vaya que está bien dormido. Papá no te quieres sentar? No no quiero te acompaño en fila, si quieren vayan a sentarse que les debo una, no te preocupes aquí nos esperamos,  Ay caray, creo que el señor se siente mal, no le contesta a la señora.
Por favor joven venga, Dígame señora, Mi esposo no está bien quiero ir a traer el coche para llevármelo cuídelo un momento por favor, Claro, Señora no quiere que llamemos a una ambulancia, Yo voy a marcar de una vez, Espérate a ver que dice la Señora, Señor se siente mal me puede escuchar, ¿Cuál es el teléfono?, Cero sesenta y seis.
/Si Señorita mire estamos en el banco y hay un Señor que se siente muy mal no no soy familiar en el banco nacional en el de la plaza norte no no no sé si el Señor padece de algo sí ya es un Señor mayor ay oiga pues no no sé tal vez unos setenta ochenta años está pálido y suda un poco se siente muy débil no solamente esta con su esposa pero parece que la Señora se puso muy nerviosa no no Señorita ya le dije que yo no soy familiar pero pues aquí estamos muchos en el banco y nos dimos cuenta si por favor si en el banco nacional si en el de la plaza norte si gracias/
Que barbaridad, automáticamente todos volteamos a la escena. Se sentirán todos tan impotentes como yo en este momento?
-Siguiente por favor!
Oye perdona me puedes guardar el lugar un momento, Si por supuesto, Seguramente es enfermera, que bueno. Señor como se llama, aquí estamos con Usted no se preocupe
La fase adrenérgica de la crisis hipoglicémica intenta cada vez más débilmente compensar el déficit, pero las manifestaciones de la adrenalina -palidez, sudoración, temblores, frialdad, y sobre todo, náuseas-, poco ayudan a la homeostasis. La onda del peristaltismo inverso comienza a ascender desde el duodeno, dura, automática, periódica, implacable. El esfínter pilórico y el estómago se relajan para recibir el contenido intestinal.
Ya regresé gracias como estas Héctor, Sigue igual Señora está muy débil, ya va a venir la ambulancia Señora, Señora no se preocupe, Señora siéntese, Señora, Señora, Señora, Señora yo soy enfermera, Pudo estacionarse Señora?, No no había lugar el policía esta cuidando el coche afuera, Gente tan grosera como es que se estacionan en los lugares reservados, debería darles vergüenza, ésa ha de ser la de la camionetota y bien que se da cuenta pero se hace la que la Virgen le habla, Señora el señor padece de la presión, Si es un poco hipertenso pero también es diabético, Con razón ya decía yo que lo que tiene es que se le bajó el azúcar Señora.
(Sueño y nauseas caray me habrá hecho daño el desayuno tengo el estomago revuelto porqué no está Rosario aquí quien será este señor y esta señorita, ah si. soy hipertenso. si. es primero de julio. si. estoy en el banco. no sé porque me hacen tantas preguntas tontas bueno aquí esta Rosario que es lo importante si ella está lo demás puede no estar, lo único que me preocupa son estas náuseas que curioso ya me están diciendo Don Héctor es lo bueno de ser viejo, le dicen a uno "don". Se ven todos muy preocupados, tan mal estaré.)
¡Tu espíritu se ilumina y todo en tu ser es salud y es energía! siente fluir la energía Válgame, lo que nos faltaba, un santón en el banco…de donde salió? Estaba en la fila? Que ira a hacer con el pobre señor que está tan débil? Si yo estuviera protagonizando la escena creo que lo mandaba por un tubo Todo en tu ser es vitalidad es energía y es salud! respira profundo y lleva la energía a todo tu ser A lo mejor sí le ayuda de alguna manera que nosotros no podemos ni comprender y bueno, la buena voluntad pos siempre se agradece Hermano mío, la paz está contigo y deja fluir la energía en tu ser que todo tu ser es salud... Pos en este momento como que no mucho, pero en fin, ojala la arenga le ayude.
La neuroglucopenia se manifiesta a través de sus síntomas típicos. La confusión y el estupor comienzan a nublar la conciencia, súbitamente disminuida debido al sufrimiento neuronal. El diafragma se mantiene tercamente rígido en posición inspiratoria y súbitamente, la glotis se cierra. Los músculos abdominales se contraen e incrementan la presión abdominal, empujando el contenido gástrico hacia el esófago.
- Siguiente por favor!
Ya nos estamos acercando a la caja que vamos a hacer con la Señorita que nos encargó el lugar y que esta ayudando al Señor, Pues seguirlo guardando ni modo que no se lo guardemos, Mejor voy a ir avisarle que ya casi llegamos, No no vayas ella esta ayudando allá aquí voy a empezar a dejar pasar gente, Y si se tardan mucho que hacemos, Pues nos esperamos que algún día podría ser uno el que necesite la ayuda, En eso tienes razón.
Pase gracias pase gracias pase gracias pase gracias
El esfínter esofágico inferior se relaja al mismo tiempo que el antro y el píloro se contraen. El faringoesofágico se relaja y el paladar se eleva.
Ya viene una ambulancia, Perdón dejen pasar, Pobre Señor, tiene muchas náuseas y yo no tengo una triste bolsa para ofrecer. No puedo ayudar en nada. En la esquina hay un bote de basura, Por favor despejen el área!, Ya vienen los socorristas, Si ya viene la ambulancia? Creo que si, El Señor va a devolver el estómago, Aquí esta el bote...
-Siguiente por favor!
...si, sí se pudo estacionar la ambulancia, Ya están despejados los lugares, Gracias a Dios ya están aquí los paramédicos, Bueno, a la de la camionetota finalmente le dio pena y quitó su trocota.
- Pase.
- Gracias.
Gracias al cielo, creo que efectivamente, son ya los paramédicos. Que jóvenes lucen.
Gracias por guardarme el sitio, Que le pasó al señor es hipertenso, Si pero no fue eso se le bajó el azúcar porque es diabético, Pobre debe de sentirse muy mal, Que bueno que les ayudó, Bueno solamente lo acompañe un rato y ahorita que vinieron ya los paramédicos les di mi reporte y me retiré, Que bueno, pues sí.
- Siguiente por favor!
(…menos mal que ya vomité….todo mundo me vio vomitar pero qué importa que ya no podía soportarlo más y vayan todos al demonio que si los viejos no podemos vomitar delante de todo sin que nos importe un carajo entonces no sé para que vivimos y vamos y venimos y procuramos desde nuestra infancia obedecer a nuestros padres y estudiar y empezar pronto a trabajar y encontrar con quien casarse, con quien juntarse, y tener hijos y no sé para que uno trabaja y produce y educa a sus hijos y procura ser un hombre de bien si al final de la vida vive uno setenta y ocho años y le da pena vomitar delante de la gente pero creo que la mas apenada es Rosario. Mi Rosario.)
- Buenas tardes, bienvenida al Banco Nacional. ¿En que puedo servirle?
- Quiero depositar a esta tarjeta.
- ¿Algo más en lo que le pueda ayudar?
- Nada más, gracias.
- Gracias por venir al Banco Nacional, vuelva pronto. Siguiente, por favor!
Mucho ayuda quien no estorba. Listo, Papá, vámonos. Que bueno que ya salimos, finalmente ya está ese Señor en manos expertas…. ahí está la ambulancia, ya no está la troca, la trocota..…trocota… se parece a rocota, tendrá algo que ver?

sábado, 26 de octubre de 2013

El extraordinario Jardín Chino de Dunedin, Nueva Zelanda

La ciudad de Otago, en la isla Sur del Archipiélago Neozelandés, es una interesante y tranquila ciudad a la que vinieron a establecerse inmigrantes de origen escocés, que decidían embarcarse en un recorrido de tres de meses de navegación, para jamás volver a ver las colinas que les habían visto nacer. Otro día hablaré más a detalle de la interesante historia de esta parte de Nueva Zelanda; hoy quiero centrarme en una rarísima joya que posee este lugar y que contribuye a hacerlo un lugar poco común: el Jardín Chino “Lan Yuan”, cuya traducción -no demasiado precisa quizás- es “El Jardín de la Iluminación”.
La entrada al "Lan Yuan" Garden of Dunedin.

Se trata de uno de los tres jardines chinos auténticos que existen fuera de China. Fue construido para conmemorar la presencia de los inmigrantes chinos en la ciudad -ya se ve que los escoceses fueron los primeros, mas no los únicos-, y su producción fue una obra conjunta de las ciudades hermanas de Shangai y de Dunedin, junto con una interesante proporción de donativos públicos.
Mosaico de piedra.

Algo sumamente interesante es que la planeación de esta maravilla se llevó ocho años, durante los cuales los artistas Cao Yongkang -de la Universidad Jiao Tong de Shangai-, Chen Ling -de la Universidad Tongji- y Tang Yufeng -del Museo de Shangai- llevaron a cabo una labor preciosista tomando como base las jardines tradicionales del área de Jiangnan, y asegurándose de crear una obra precisa como máquina de relojero suizo, funcional como un vehículo bien diseñado, y auténtica como un jardín de la dinastía Ming.
Las características formas de las ilustraciones orientales cobran vida en en Lang Yuan Garden.

El jardín fue prefabricado en Shangai en un predio de dimensiones y características idénticas a los del que llegaría a ocupar en Dunedin; después fue desmantelado, empaquetado, trasladado, y vuelto a construir en Nueva Zelanda. Solamente hubo cuatro cosas que no llegaron desde China: el agua, los peces, las plantas y el concreto.
Planas neozelandesas en el Jardín Chino.

¿Las plantas? ¿Pues que no se trata de un jardín? Así es, pero en este caso, casi podría decirse que las plantas son solamente un elemento más, que contribuye a equilibrar un conjunto en donde la arquitectura, el diseño, los materiales y el agua son los elementos predominantes.





Todo en este maravilloso espacio mueve -casi obliga- a la calma, la paz y la serenidad interior. Y antes de irnos, hemos anudado un listón rojo cuyo significado es: quiero regresar algún día.

Todas las imágenes son de La Vieja Enrebozada

Fuentes: