sábado, 18 de julio de 2020

Rendez-vous inesperado.

Por Beatriz Maruri Aguilar.

Había pasado tantas veces por la esquina en la que desemboca esa plazoleta, que aquella tarde lluviosa no prestaba atención a los detalles que me rodeaban. El café de siempre, adornado en su pared del fondo por una ilustración algo infantil de un naranjo, seguía estando en pie. Mi mente divagó un momento a días pasados, cuando ese lugar era el punto de reunión y disfrute de charla con amigos, y las responsabilidades de la vida todavía no eran tan absorbentes. No aminoré el paso con el recuerdo, pero divisar la figura solitaria de mi abuela, sentada a una mesa sombreada y disfrutando una taza de café, fue lo que me detuvo en seco. Era un encuentro insólito: mi abuela lleva muerta casi veinte años.

Ella mostraba un gesto natural, con el sosiego de quien acaba de verte la víspera. Enfundada en ese suéter azul de tantas tardes y con su característica media sonrisa se dirigía hacia mí, que todavía desconcertada, tartajeaba entre gozosa y estupefacta:

- ¡Abuelita! Pero ¿Cómo es esto? ¿Qué haces aquí?

No alcancé a escuchar su respuesta, pues de pronto divisé que desde otra mesa, alguien me hacía señas. Si la presencia de mi abuela muerta era impactante, este otro encuentro era demencial. No creo haber podido controlar mi voz ni mis gestos, y de inmediato abandoné a abuelita, cruzando las pocas zancadas que separaban las mesas con los ojos desorbitados, y el gesto desencajado.

Todo era exactamente igual. La estatura, el color del pelo, las canas ya visibles. El rostro anguloso, la mandíbula cuadrada, la forma de los dientes. La boca ladeada al sonreír, los hoyuelos alargados en las mejillas, los lunares, los ojos, la forma de enchuecar la boca…hasta los marcos de las gafas que, por supuesto, traía puestas. Ella esbozaba el gesto divertido de quien ha tomado por sorpresa a su víctima, y disfruta con ello. 

En un instante, a mi mente acudieron cien ideas. -No puede ser, pensaba. -Todo este tiempo me  han mentido, me dolía. Mientras llegaba apresuradamente a la mesa en la que mi interlocutora ya se ponía de pie, un torrente de preguntas alcanzó mi boca, antes de que mi mente consiguiese contenerlas u organizarlas.

- ¡¿Cómo es esto posible?! ¿Dónde has estado? ¿Por qué nunca me dijeron? ¿Quién eres?

Ella solo sonreía, y nada contestaba. De cerca, sí había una diferencia pequeña: las cejas un poco menos pobladas. Hice un nuevo intento, pensando que si la cifra era la esperada, ya no cabría duda alguna:

- ¡¿Cuántos años tienes?! -Ella solo se encogió de hombros, y replicó sencillamente:
- Eso, ¿Qué importa? -Otra vez la sonrisa ladeada, los hombros encogiéndose-.
- ¡Por Dios! ¡Soy yo! ¡Es idéntica a mí!
- ¡Claro! - Comenzaba a responderle- ¿Qué importa la edad? Tienes razón….

Y de pronto, el despertador sonó. Inmisericordemente.

domingo, 12 de julio de 2020

Un procedimiento de rutina (Parte 3. Última).

Por Beatriz Maruri Aguilar.

Habiendo pensado que para el estudio se necesitan tres elementos, no deja de sorprenderse un poco cuando ve que, en realidad, serán al menos cinco: el especialista, otro médico, la estudiante de medicina, el equipo para realizar el estudio, y ella. En fin, ya está aquí y no es cosa de amilanarse por un bulto de más o de menos adentro del consultorio, ni por la aparente falta de ganas de esos bultos de dejarle un poco de privacidad, para que pueda prepararse; lo que importa es que no haya otro bulto, más dañino, en su organismo. 
- ¿Será que la privacidad del paciente no es un valor en las instituciones de salud pública? 
Afortunadamente, tantos años nadando en albercas de distinto calibre le han dado cierta práctica de contorsionista que puede desvestirse y vestirse dentro de una bata, o de una toalla, y esa experiencia acude a aligerarle el momento, francamente embarazoso. Se ayuda a pasar el trance repasando el mantra que, otra vez, acude a su mente: 
-Lo importante es que hoy, y aquí, salga el estudio. 
No es la primera vez que pasa por un ultrasonido mamario y conoce bien el protocolo y los pasos. En esta ocasión, la novedad es la voz extremadamente ronca, y suave, del especialista. Tiene que aguzar el oído para escuchar bien que son quistes, y que no hay apariencia de malignidad; que el año siguiente, nuevamente, habrá de realizarse mastografía y ultrasonido, para seguir estando en control.

De regreso en la calle, suspira aliviada. Un año, dijo el galeno.


Un procedimiento de rutina (Parte 2).

Por Beatriz Maruri Aguilar.

-Señorita. Perdone que pregunte otra vez, ¿están realizando los estudios?
-Sí. Por favor tenga paciencia. Hay 3 personas antes que usted.
-Claro, gracias. 
-Qué sope soy. La cita abierta no significa que tengan la alfombra roja puesta para recibirme cuando llegue, ¡quiere decir que así como yo, hay otras personas en esta situación urgente! En fin, no hay más que esperar…
- ¡Petra Perez!
-Ahí va Petra Pérez. ¿Sentirá la misma aprensión que yo? ¿Cuáles son, de esta sala, las demás mujeres que están en mi misma situación? ¿Porqué no nos desenmascaramos y hablamos un poco de nuestros temores? Quizás sería de mayor ayuda que el estar hojeando y des hojeando un libro, como yo. O navegando en el celular, como aquella. O reverberando el delgado hilo de crochet con un ganchillo, como esta. O como esta otra, que cruzó conmigo una media sonrisa y después clavó la vista en el cartel que explica las medidas profilácticas de la hipertensión. Veo que todas estamos en plena madurez; es irónico -pero no inexplicable desde el punto de vista biológico- que en la edad más productiva es cuando comiencen a asomarse en el horizonte las sombras del deterioro.  Y después de Juana Pérez, viene Luisa López y luego Ana Antúnez y todas tardan bastante… ya mero me toca, ya mero. 
-Usted, ¡por favor!
- ¿Ya…? ¡Ya! Vamos pues, por estos pasillos ocultos tras los mostradores… qué ajetreados se ven todos los empleados administrativos y de salud. Ninguno me devuelve la sonrisa, ¿será que todos están tan necesitados de una sonrisa, que aquella que se les brinda es sujetada con tal firmeza que impide hacer una retribución en la misma moneda? A saber. Hoy no me sobran las sonrisas, pero creo que justo hoy es cuando debo hacer un dispendio de estas: nunca se sabe cuándo una sonrisa de más, o de menos, es la diferencia en la atención de las instituciones públicas. Casi todo es magro en las instituciones de salud pública, pero lo importante es que hoy y aquí, salga el estudio. Para ello, se necesita un especialista, un equipo y un paciente; tras esa puerta, seguramente están los dos elementos restantes.